Hoy, lo he tenido sobre mis manos.
En mi palma, sus destellos dorados parecían competir en belleza con su artesanal talla: grande, aparente, sin modestia, casi mágico... así es el medallón que, a su muerte, mi abuela quiso dejar en mis manos.
A mis cinco años, las visitas a casa de los abuelos se habían convertido en todo un protocolo a seguir. Desde la indumentaria con la que nos vestía mi madre a mi hermana y a mí, siempre iguales, con diminutas e incomodas faldas (como correspondía a la moda de los años setenta), hasta nuestro comportamiento en casa de los abuelos, intachable, como se esperaba de dos educadas señoritas.
En primer lugar correctamente sentadas, las piernas juntas, sin dejar a la vista nada que pudiera "herir la sensibilidad de los presentes”. Las manos delicadamente cruzadas para no rozar (ni tan siquiera) una de las numerosas piezas de porcelana que la abuela tenía expuestas a la vista de todos.
Calladitas, sin interrumpir a los mayores, así nos pasábamos el tiempo de la visita. Ante semejante panorama, yo solía entretenerme en observar cada detalle que desfilaba a mi alrededor: la abuela, envuelta en suaves tejidos de colores alegres, generosa en su figura, de pasos lentos y movimientos delicados y graciosos.
El abuelo, muy alto, moreno, sonriente, siempre nos miraba con complicidad mientras nos hacía bromas. Y su casa, decorada con bastantes resquicios del ya pasado estilo Victoriano, repleta de todo tipo de detalles en donde poder posar la mirada.
Veía a mis padres inmersos en su grata conversación muy animados, sin prisas. A mi hermana que de cuándo en cuándo se le escapaba algún que otro bostezo. Me veía a mí misma, que seguía con mis bracitos cruzados, cansada de estar inmovil, así que en esos momentos era cuando interrumpía tan grata tertulia y decía: -¿Cuándo nos vamos?
La frase la dejaba caer sin mala intención, mis padres me miraban serios, entonces, el abuelo nos cogía en brazos, nos subía sobre sus hombros y por el largo pasillo de la casa, nos paseaba a las dos simulando ser una procesión, incluso imitaba el sonido de la banda de música que la acompañaba. Todos nos reíamos, la abuela se ponía en pie y animaba al abuelo a que siguiera dándonos paseos mientras sus risas agitaban su pecho y hacía brillar su enorme medallón dorado.
Entonces dejábamos de ser señoritas y nos convertíamos en niñas otra vez, nos deslizábamos sobre la espalda del abuelo, corríamos por el pasillo, volvíamos a atrapar al abuelo y a escalar a sus hombros y el medallón de la abuela seguía brillando al compás de su respiración, al compás de nuestras risas una y otra vez.
Fueron otros tiempos, de todo aquello ya no queda nada. No están las bonitas porcelanas, los numerosos tapetes de delicados bordados y puntillas a ganchillo que lucían sus muebles, no queda el largo pasillo, ni queda la casa. No quedan sus risas, su respiración ni el latido de sus corazones.
Sólo, en mis manos, queda el medallón que con tanto celo conservó la abuela entre su pecho. Al igual que antes, sigue intacto, sin acusar el paso de los años, como si el tiempo no nos separara de su pasado, como si todo siguiera igual y el presente fuera el principio.
Hoy lo tengo en mis manos. Así lo quiso la abuela.
En mi palma, sus destellos dorados parecen querer competir en belleza con su talla, tal vez lo hagan, pero nunca, nunca lo podrán hacer con la belleza de su historia, una historia guardada durante años en mi mirada.
Marilé Cerván