Aún no la conocía pero sabía que Clarita estaba allí, mi amiga fiel e inseparable que me aguardaba silenciosa entre mis brazos.
Ya tenía cuatro años y por mis manos habían pasado ya cuentos de todo tipo: el del pequeño Mambrú, con su espada de madera y su gorro de papel de periódico, el de Caperucita Roja que aparecía siempre envuelta su cabecita en una caperuza de ese color. También conocía el de los tres cerditos y Blancanieves... Cuentos en los que tras un montón de renglones cubiertos de negras letras te dejaban ver un bonito dibujo al final de cada una, describiendo de una forma sencilla lo que contaba su lectura.
Pero este era diferente, no tenía un dibujo al final que me contara nada , tenía que ir descubriendo su historia entre líneas llenas de letras y algún que otro dibujito intercalado que suplían palabras que tenía que adivinar. Era un libro diferente, un libro que me dejaba soñar...
Pero yo aún no sabía leer, tenía solo cuatro años y unas ganas enormes de conocer las palabras.
El libro se había convertido en mi compañero inseparable, bajo mi bracito pasaba horas interminables junto a mí, me acompañaba de la cocina al salón, del salón al baño, del baño al pasillo en donde subidos en mi triciclo rojo lo recorríamos felices de cabo a rabo a velocidades supersónicas, hacia arriba y hacia abajo, siempre a su lado.
¡¡Qué ganas más grandes tenia de aprender a diferenciar la letras!!! De poder hacer con ellas palabras y así poder saber que me decía Clarita en su historia. Pero aquello parcia tan difícil... Eso de que cada letra fuera diferente y que al unirlas a otras fueran otra vez diferente, me parecía a mi tierna edad, muy, muy difícil, así que sin poder aguantar mis ganas por conocer la historia de Clarita, a mis padres y a todo aquel que llegaba a mi casa, sin darle ni siquiera un pequeño respiro por el esfuerzo de subir a una tercera planta sin ascensor, le daba mi libro para que lo leyera.
Todo el mundo parecía acoger este gesto con una sonrisa, les parecería gracioso el singular recibimiento que yo les hacia, así que todos o casi todos, después de ojear con una sonrisa el cuento, comenzaban a leer la primera página, pero nada más, ahí solían dejarlo y pasar al tema que les había traído a la casa.
Pero el libro no solo tenía una página, tenía muchas más!!!! páginas que yo quería descubrir... Entonces, con la mirada triste me dirigía a un rinconcito de la habitación en donde me sentaba en el suelo con mis piernecitas cruzadas y paseaba de nuevo mis ojos sobre él imaginando su historia.
En la segunda página, sé que hablaban de Pedrito, un niño rubio con un bonito jersey amarillo que salía un domingo soleado a jugar al parque y que el parque estaba lleno de flores de todos los colores.
Pedrito estaba ahí, dibujado a modo de palabra, entre los renglones de esta historia y de sus negras letras. Pero, ya no sabía nada más...
No recuerdo que pasó con Clarita, con su abuelita, con Pedrito, no recuerdo que historia querían contarme, porque cuando aprendí a leer eran otros libros los que tenía la obligación de estudiar y releer. Pero aunque fuera solo la primera pagina, después de tantos años, no la he podido olvidar. Decía así:
Clarita y su abuelita, viven en el último
piso de una pobre casita, tan alta que
desde la única ventana de su apartamento
solamente pueden ver: tejados, calles
llenas de coches y de transeúntes que parecen
aburrirse en el polvo de la ciudad.
Años después, muchos años después, Clarita volvió a mi vida pero esta vez en forma de muñeca. La hice con fieltro, de una forma artesanal y con mucho cariño para que volviera a llenar la segunda etapa de mi vida al igual que lo hizo en la primera.
Ahora luce preciosa en un lugar de mi casa, con la historia que yo quiera inventarle. A veces, la agarro y la abrazo sobre mi pecho como cuando era niña abrazaba el bonito libro que me la inspiró.
Espero que os guste.
Marilé Cerván