jueves, 29 de octubre de 2015

Clarita

Se podía decir que desde el momento que llegó a casa , vivió bajo mi bracito, lo habían hecho justo a su medida. De pastas rígidas y portada blanca con el dibujo de la cara de Clarita, la niña que me acompañaría en este increíble viaje hacia la lectura.
 
Era un cuento precioso !!!   En aquellos inocentes años para mí,  se presentaba como toda una gran odisea el descubrir un mundo maravilloso de la mano de esta pequeña niña, pasando despacio cada una de sus páginas.
Aún no la conocía pero sabía que Clarita estaba allí, mi amiga fiel e inseparable que me aguardaba silenciosa entre mis brazos.

Ya tenía cuatro años y por mis manos habían pasado ya cuentos de todo tipo: el del pequeño Mambrú, con su espada de madera y su gorro de papel de periódico, el de Caperucita Roja que aparecía siempre envuelta su cabecita en una caperuza de ese color. También conocía el de los tres cerditos y Blancanieves...   Cuentos en los que tras un montón de renglones cubiertos de negras letras te dejaban ver un bonito dibujo al final de cada una, describiendo de una forma sencilla lo que contaba su lectura.
 Pero este era diferente, no tenía un dibujo al final que me contara nada , tenía que ir descubriendo su historia entre líneas llenas de letras y algún que otro dibujito intercalado que suplían palabras que  tenía que adivinar. Era un libro diferente, un libro que me dejaba soñar...
Pero yo aún no sabía leer, tenía solo cuatro años y unas ganas enormes de conocer las palabras.

El libro se había convertido en mi compañero inseparable, bajo mi bracito pasaba horas interminables junto a mí, me acompañaba de la cocina al salón, del salón al baño, del baño al pasillo en donde subidos en mi triciclo rojo lo recorríamos felices de cabo a rabo a velocidades supersónicas, hacia arriba y hacia abajo, siempre a su lado.

¡¡Qué ganas más grandes tenia de aprender a diferenciar la letras!!!  De poder hacer con ellas palabras y así poder saber que me decía Clarita en su historia. Pero aquello parcia tan difícil... Eso de que cada letra fuera diferente y que al unirlas a otras fueran otra vez diferente, me parecía a mi tierna edad, muy, muy difícil, así que sin poder aguantar mis ganas por conocer la historia de Clarita, a mis padres y a todo aquel que llegaba a mi casa, sin  darle ni siquiera un pequeño respiro por el esfuerzo de subir a una tercera planta sin ascensor, le daba mi libro para que lo leyera.
Todo el mundo parecía acoger este gesto con una sonrisa, les parecería gracioso el singular recibimiento que yo les hacia, así que todos o casi todos, después de ojear con una sonrisa el cuento, comenzaban a leer la primera página, pero nada más, ahí solían dejarlo y pasar al tema que les había traído a la casa.

Pero el libro no solo tenía una página, tenía muchas más!!!! páginas que yo quería descubrir...  Entonces, con la mirada triste me dirigía a un rinconcito de la habitación en donde me sentaba en el suelo con mis piernecitas cruzadas y paseaba de nuevo mis ojos sobre él imaginando su historia.
En la segunda página, sé que hablaban de Pedrito, un niño rubio con un bonito jersey amarillo que salía un domingo soleado a jugar al parque y que el parque estaba lleno de flores de todos los colores.
Pedrito estaba ahí, dibujado a modo de palabra, entre los renglones de esta historia y de sus negras letras. Pero, ya no sabía nada más...


No recuerdo que pasó con Clarita, con su abuelita, con Pedrito, no recuerdo que historia querían contarme, porque cuando aprendí a leer eran otros libros los que tenía la obligación de estudiar y releer. Pero aunque fuera solo la primera pagina, después de tantos años, no la he podido olvidar. Decía así:

                       Clarita y su abuelita, viven en el último
                        piso de una pobre casita, tan alta que
                        desde la única ventana de su apartamento
                        solamente pueden ver: tejados, calles
                        llenas de coches y de transeúntes que parecen
                        aburrirse en el polvo de la ciudad.


Años después, muchos años después, Clarita volvió a mi vida pero esta vez en forma de muñeca. La hice con fieltro, de una forma artesanal y con mucho cariño para que volviera a llenar la segunda etapa de mi vida al igual que lo hizo en  la primera.
 Ahora luce preciosa en un lugar de mi casa, con la historia  que yo quiera inventarle. A veces, la agarro y la abrazo sobre mi pecho como cuando era niña abrazaba el bonito libro que me la inspiró.

Espero que os guste.



    

                                                                                            Marilé Cerván

viernes, 23 de octubre de 2015

Muñecas de fieltro para volver a ser niña

Con las primeras lluvias de otoño, durante las tardes de la semana y asomada a la ventana veía pasar las horas muertas. El leve aroma de las ultimas rosas llegaba tímido, ya casi imperceptible a nuestra cita, pero allí nos encontrábamos todos los días, la tarde, la lluvia, el aroma y yo.
Cobijada entre los brazos de un mullido sillón del salón, veía declinar los últimos rayos de luz en la lejanía de un horizonte velado por las espesas nubes y entonces soñaba...
 Dejaba volar la imaginación
 y así sin esperarlo, aparecieron ellas.
Fue como un flash rápido en mi mente. Vi sus caritas, sus miradas amplias y serenas. Vi sus delicadas formas y fue en ese momento cuando empecé a crearlas.

Cogí lápiz y papel y me puse a dar vida a sus expresiones. Qué lindas!!  cuantos recuerdos me transmitían, era como volver en esa hora de la tarde a ser niña otra vez!!!

No tardé mucho en hacerme con telitas y fieltros para darles forma.  Patilargas, coquetas, presumidas, de pelo largo y personalidades diferentes, me parecía que cobraban vida.



De pronto, todas las tardes empezaron a cambiar, ya no se veía la lluvia resbalar por los cristales, no había nubarrones en el horizonte y el leve a roma de las rosas había dejado de ser tímido y entraba a mi habitación intenso como si de una primavera nueva se tratase.
Martina, Claudia, Sofía, Marian, Esperanza...




 todas tomaban vida en mis manos y de nuevo me permitía el lujo de volver a ser niña, como si de magia se tratara porque mágico era ese momento cuando acabadas con sus tiernas y delicadas caritas me miraban.

Una tras una todas fueron naciendo y ocupando un trocito de este corazón que sigue recordando su niñez.

  


                                                                    Marilé Cerván

sábado, 10 de noviembre de 2012

Ayer volví a La Alhambra

Ayer volví a La  Alhambra……
Cada vez que la visito, la veo de forma diferente. Cada vez que pongo mis ojos en ella, mis pupilas me devuelven impresiones tan distintas……

 Llovía fuertemente sobre la ciudad de Granada, en los palacios árabes apenas entraba la luz y el agua de las albercas no podía reflejar la belleza de sus muros, aunque el sonido del agua, lo inundaba todo llenando de sensualidad el momento.
 Cada una de esas gotas que caían sobre las piedras centenarias, era un regalo para los sentidos y bajo ese manto de penumbra, pude disfrutar como nunca de los colores ya perdidos de sus paredes. Pude disfrutar de los dorados, de los rojos y azules.  En mi imaginación visualicé sus tapices, escuché la música de largas veladas y me envolví de sus  mágicos aromas.

Ayer, vi La Alhambra de una forma diferente a como lo cuentan en los libros de historia, porque en todas mis miradas, percibía en propia piel, el corazón  de las personas anónimas que crearon tanta belleza.
Cada rincón estaba lleno de ellos, cada respiro estaba impregnado de su olor, olor a esfuerzo, a sangre, a lágrimas……a vidas escondidas, mutiladas  en esos muros.......

Que poco somos, pero cuanto creamos, uno a uno, todos  nosotros de forma anónima siempre haciendo historia. Que pena que los libros no recuerden cada una de las manos que han creado tan bellos tesoros.
Todos morimos y en la mayoría de los casos también muere nuestro recuerdo, dejando el privilegio de la historia solo para los que nos gobiernan.

Ayer pude ver lo que habita  La Ahambra y no son solo historias de  reyes árabes o cristianos. Sino historias de gente de a pie, que con mucho esfuerzo construyeron lo que hoy somos.
Ahora por desgracia solo nos podemos conformar con los cuentos inventados de algún escritor que quiera recrear bajo su mirada lo que percibe, al igual que yo percibí ayer,  Pero las historias verdaderas, esas, han desaparecido para siempre y nadie podrá hablar jamás de ellas.

Cuando visito cualquier monumento me gusta mirar más allá de lo que ven mis ojos y recrearme con lo que se esconde, con lo que se olvida pero que está allí latente junto a nuestra presencia. Ayer lo tuve tan cerca, que….. casi pude tocarlo con las manos.
Marilé

viernes, 5 de octubre de 2012

Huida

Al cerrar la puerta de la consulta, los colores se tiñeron de un gris oscuro. El largo pasillo, ahora vacío a mi paso, había dejado de proyectar sombras y la luz del sol,  ya no entraba por las ventanas.
Un repiqueteo de unos zapatos de tacón a paso rápido se escuchaban a mi alrededor, parecían seguirme, acosarme, uno tras otro escuchaba sus golpes en el suelo, sentí miedo y corrí, huí, quería salir de allí, camuflarme entre la gente de la calle y perderme de mi misma y de mis circunstancias, ocultarme de la noticia que llevaba en mis manos: HB Glicosilada valor 10.
¿Cuántas veces lo había visto, cuantas veces lo había sentido?....ya ni lo sé….. Catorce años de evolución en esta enfermedad y aún no puedo asumirlo.

Tras la pesada cancela de hierro, apoyé la espalda y dejé resbalar lentamente mi cuerpo, hasta quedar desparramada en el suelo, sin fuerzas. ¿Por qué el corazón se me desbocaba a la altura de la garganta, por qué el vacío interior se apoderaba  de mí?.
¿Por qué esa rabia, esta indignación  destrozándome  por dentro sin consuelo, sin esperanza?........

Deposité los análisis sobre la mesa y me sequé las lagrimas, igual que tantas otras veces, igual que siempre.
Solo tenía cuatro años, solo cuatro añitos y una dulce sonrisa. No es justo, sencillamente no es justo y aún hoy no encuentro respuestas, no encuentro solución....... porque no existe.
Marilé

sábado, 9 de junio de 2012

Guardado en mi mirada

 



Hoy, lo he tenido  sobre mis manos.
En mi palma, sus destellos dorados parecían competir en belleza con su artesanal talla: grande, aparente, sin modestia, casi mágico... así es el medallón que, a su muerte, mi abuela quiso dejar en mis manos.

A mis cinco años, las visitas a casa de los abuelos se habían convertido en todo un protocolo a seguir. Desde la indumentaria con la que nos vestía mi madre a mi hermana y a mí, siempre iguales, con diminutas  e incomodas faldas (como correspondía a la moda de los años setenta), hasta nuestro comportamiento en casa de los abuelos,  intachable, como se esperaba de dos educadas señoritas.
En primer lugar correctamente sentadas, las  piernas juntas, sin dejar a la vista nada que pudiera "herir la sensibilidad de los presentes”. Las manos delicadamente cruzadas para no rozar (ni tan siquiera) una de las numerosas piezas de porcelana que la abuela tenía expuestas a la vista de todos.
Calladitas, sin interrumpir a los mayores, así nos pasábamos el tiempo de la visita. Ante semejante panorama, yo solía entretenerme en observar cada detalle que desfilaba a  mi alrededor: la abuela, envuelta en suaves tejidos de colores alegres, generosa en su figura, de pasos lentos y movimientos delicados y graciosos.
 El abuelo, muy alto, moreno, sonriente, siempre nos miraba con complicidad mientras nos hacía bromas. Y su casa, decorada con bastantes resquicios del  ya pasado estilo Victoriano, repleta de todo tipo de detalles en donde poder posar la mirada.
Veía a mis padres inmersos en su grata conversación muy animados, sin prisas. A mi hermana que de cuándo en cuándo se le escapaba algún que otro bostezo. Me veía a mí misma, que seguía con mis bracitos cruzados, cansada de estar inmovil, así que en esos momentos era cuando interrumpía tan grata tertulia y decía: -¿Cuándo nos vamos?

La frase la dejaba caer sin mala intención, mis padres me miraban serios, entonces, el abuelo nos cogía en brazos, nos subía sobre sus hombros y por el largo pasillo de la casa, nos paseaba a las dos simulando ser una procesión, incluso imitaba el sonido de la banda de música que la acompañaba. Todos nos reíamos, la abuela se ponía en pie y animaba al abuelo a que siguiera dándonos paseos mientras sus risas agitaban su pecho y hacía brillar su enorme medallón dorado.
Entonces dejábamos de ser señoritas y nos convertíamos en niñas otra vez, nos deslizábamos sobre la espalda del abuelo, corríamos por el pasillo, volvíamos a atrapar al abuelo y a escalar a sus hombros y el medallón de la abuela seguía brillando al compás de su respiración, al compás de nuestras risas una y otra vez.


Fueron otros tiempos, de todo aquello ya no queda nada. No están las bonitas porcelanas, los numerosos tapetes de delicados bordados y puntillas a ganchillo que lucían sus muebles, no queda el largo pasillo, ni queda la casa. No quedan sus risas, su respiración ni el latido de sus corazones.
Sólo, en mis manos, queda el medallón que con tanto celo conservó la abuela entre su pecho. Al igual que antes, sigue intacto, sin acusar el paso de los años, como si el tiempo no nos separara de su pasado, como si todo siguiera igual y el presente fuera el principio.


Hoy  lo tengo en mis manos. Así lo quiso la abuela.
 En mi palma, sus destellos dorados parecen querer competir en belleza con su talla, tal vez lo hagan, pero nunca, nunca lo podrán hacer con la belleza de su historia, una historia guardada durante años en mi mirada.   

             Marilé Cerván





                                                                                                                                 

martes, 3 de abril de 2012

Un paseo por la ciudad de Córdoba



Hace tiempo que no escribo porque las obligaciones mandan, a pesar de eso, no habéis dejado de leerme y eso os lo agradezco de corazón a todos, aunque en estos momentos quiero hacer una mención especial a los que me leéis desde 
 La Patagonia  Argentina  y dejáis esos comentarios tan preciosos llenos de palabras cariñosas que tanto me gustan. Yo también os quiero.
Muchos besos.



      






   Hace unos días, regresé de Córdoba, he pasado allí una semana rodeada  de las calles de su centro histórico, perdida en su historia, respirando en cada uno de los pasos que daba, su aire impregnado de las diferentes culturas que han poblado su vida.






 Córdoba es bellísima. Para mí lo es en toda la extensión de la palabra, no solo en su estructura, en su historia o en sus gentes, es bella en el espíritu que mana de cada una de sus piedras VIVAS, con alma musulmana,  judía, cristiana. En cada una de las pasiones con las que se ha escrito su larga historia.
      Es bella en su esencia, en las notas de color que proyectan las sombras de sus años.
     Córdoba me gusta tanto, que  cuando estoy allí, al día parecen faltarle horas.
Me gusta pasear por sus calles estrechas, rozar mis dedos con los muros de su ciudad, sentir como vibran bajo mis manos.
Me gustan sus calles sin salida, sin un destino aparente, pero guardando con celo pequeñas plazoletas abiertas al publico aunque escondidas a la vista, ¡que maravillosas historias guardan tan bellas estancias!!


¿Qué vidas habrán escondido esas anónimas y viejas casas con tantos años en pie, tras sus zaguanes, en sus bellos patios erguidos como magníficos oasis en el interior de las viviendas?
 Miro las sombras que al caer la tarde el sol proyecta sobre los arcos que dan paso a las galerías en estas construcciones y se me antojan que hoy, al igual que ayer, están  llenas de misterio y emociones ocultas.



    Me gusta su aroma a azahar, el aroma a todas las flores que inundan sus balcones, sus ventanas parcialmente cubiertas con artesanales rejas de hierro forjado que tanto parecen guardar!!
   Me gusta ver las celosías  que hay tras sus ventanas escondiendo el interior y dejando paso a la imaginación de todo el que pasa, eso, me encanta!!!!!

 

 No me canso de la atmósfera de su casco antiguo y de sentirlo tan cercano como hace cientos de años lo pudieron sentir nuestros antepasados: musulmanes, judíos, cristianos, moriscos deportados de las Alpujarras, niños, jóvenes, ancianos, todos crearon a base de esfuerzo y sangre, lo que hoy somos.


  Pero curiosamente lo que más me llama la atención, es ver como este escenario tan bello hace volar  mi imaginación, creando historias apasionadas en mi mente que algún día me gustaría compartir con vosotros.

Un beso.
                        Marilé

domingo, 5 de febrero de 2012

Fany regresa a casa.

Hoy, el día ha amanecido muy claro, de una luz tan blanca y brillante que pensé que todo estaría nevado, pero no era así, al salir al exterior, todo estaba igual que siempre, igual que todos los días de este seco invierno, pero extrañamente, algo iluminaba de una forma especial la mañana, el aire se respiraba diferente y la fría brisa se colaba por todos los poros de mi piel, despertando de una forma asombrosa todos mis sentidos.
 He sonreído a la mañana, y entonces he comprendido el porqué de su belleza: Fany regresa hoy a casa.



Fany, es mi hija mayor y hace diez días tuvo que someterse a una intervención  quirúrgica de seis horas de duración. Para mí, fueron las seis horas más largas de los últimos años.
 Las pasé en la habitación del hospital, pegada a un teléfono, junto a mí familia, mientras me mordía las pocas uñas que me quedaban, esperando que alguien desde quirófano diera algún tipo de información, pero no fue hasta pasadas siete horas  cuando llamaron diciendo que la intervención había sido un éxito y que podríamos verla antes  de llevarla a reanimación.
Fue entonces cuando  pude ver a mi hija.
Apenas estaba despierta, pero ya lucia una dulce sonrisa en su tan inflamado rostro. Había deseado tanto ese  final feliz que en aquellos momentos, al igual que en las películas, las fuerzas me abandonaban y caía  redonda al suelo.
Fany ya había pasado lo peor, tenía lo que tanto quería,  sonreía y yo me sentía feliz.

Hoy, como he dicho antes, el día tiene una claridad única, por todos los ventanales  de casa  entra el sol a raudales. Todos esperamos su regreso, desde su pequeña gatita Mía, hasta nuestra preciosa ninfa, que no para de repetir su nombre con alegría.

Bienvenida a casa  Fany.

                                                Marilé Cerván