martes, 6 de diciembre de 2011

Recuerdo de La Alpujarra

Llevaba ansiándolo mucho tiempo este corto viaje. Nunca tuve prisa, pero si muchas ganas. Tanto tiempo teniéndola tan cerca y a la vez tan  lejos…..
Quería, necesitaba ya, pasar un fin de semana inmersa en su geografía, en sus caminos, en su luz, un fin de semana  perdida en La Alpujarra de la Sierra.
Durante los años que llevo viviendo en Granada, había creado en mi mente, una idea un tanto equivocada de esta zona.
Imaginaba su belleza en su estética tan peculiar, con sus pueblos como preciosas joyas esculpidas en los barrancos, mirando hacia el sur. El sol en sus mañanas, tan cercano, que abrasaba la piel y deslumbraba sobre el blanco de sus encaladas casas.
Tantas veces había imaginado los colores de su otoño con todos sus matices,  el aroma de su tierra, el sonido de sus aguas, la cercanía de las estrellas y  tanta armonía  que no tengo palabras para explicar, pero he encontrado algo más. He encontrado en su luz, el alma de sus gentes. Las he observado con discreción, entre sus labores diarias,  en sus momentos de ocio. He visto sus miradas, sus gestos, su destreza con sus tortuosos caminos, en sus empinadas y estrechas calles. He visto su esfuerzo, su valentía, su dignidad.
De toda la belleza de La Alpujarra y de todos sus contrastes, me quedo con la grandeza de sus gentes: trabajadores, inteligentes, honrados, sufridos y con muchas ganas de vivir.
Me quedo con su recuerdo y se que a mi regreso, en mi mente, ahora si  tengo la autentica  esencia de La Alpujarra.



                                                                 Marilé Cerván

viernes, 11 de noviembre de 2011

Un cálido momento.

A veces, los días se suceden de una temperatura tan gris y oscura, de unas horas tan largas y monótonas, que parecen aburrirse en la penumbra que envuelve la ciudad.
Hace una semana que entró el frío y con él las lluvias. Son las primeras lluvias de este tardío otoño, pero como de costumbre, han entrado con gran fuerza, robándonos a manos llenas las horas de sol donde hemos sido tan felices junto a la clara luz del mediterráneo.
Pero no estoy dispuesta a permitirlo, no estoy dispuesta a que mis próximas horas se llenen de gotas de lluvia en mi alma, igual que se llenan los cristales de mis ventanas.
Voy a cubrir de calidez todos los rincones de mi casa que me haga volver a vivir las templadas horas del verano.
He comenzado por el porche, he cambiado el color de sus blancas paredes en donde antes limpiamente se reflejaba el sol, ahora he dado tonos más cálidos, he mezclado rojos con ocres y he metido el frío azul con mesura para no recargar, las mezclas me han resultado muy agradables, sus tonos ahora van de un beige claro a un violeta rojizo muy vigorizante en estas tardes apagadas. He pintado también la mesa de centro y el marco del espejo de madera lo he sustituido por uno de resina de poliuretano con un estilo muy romántico que he pintado  en color crema y matizado sus contornos con un óleo dorado.
El porche está orientado hacia el sur así que todo el sol del otoño entra por sus grandes ventanales.
Ahora si se parece al sitio ideal, en el que poder leer un libro cobijada en mi sillón preferido, arropada por la mantita retro que con tanto cariño me ha hecho la abuela y perderme en sus paginas como en un gran laberinto, escondida tras las emociones de sus personajes, palpitando mi corazón junto al de ellos, mientras lentamente y sin darme cuenta, recargo mis depósitos de la tan ansiada serotonina, para poder así hacer frente a los días como hoy, días donde la noche se hace pronto y me  invita a soñar y a imaginar maravillosas historias escondidas en los rincones de Granada.






                                                    Marilé Cerván

domingo, 6 de noviembre de 2011

Una rosa en otoño.

La he sacado de su escondite, inmerso en el escenario de mi memoria, adormilada entre tímidos  bostezos, olvidada y oculta de algún modo en los recuerdos.
Ayer fue cuando la acabé, no se trata de una rosa cualquiera, de una rosa de punto de cruz copiada de un esquema en un momento de desidia o aburrimiento, no, nada de eso.
Se trata de la preciosa rosa inglesa que funde sus colores creando la vida en los recuerdos  de unos eternos momentos de mi niñez.

Yo tenía seis años cuando la ví por primera vez. Se encontraba bordada sobre un lienzo negro que forraba con delicadeza  la tapa de una preciosa cajita dorada.
Era el regalo que mi madre había  comprado para la abuela Concha. Cuando lo ví, supe de inmediato que mi madre era la persona más sabia del mundo, porque había podido resumir en algo tan pequeñito toda la esencia de la grandeza  de esta mujer.
Mi abuela, siempre elegante, de un gusto exquisito.
La recuerdo vestida con ropas de suave tacto y alegres colores, los malvas de sus vestidos y las grandes flores blancas estampadas en sus tejidos.
Su pelo gris siempre perfectamente peinado, sus andares lentos, con pasos cortos y pesados. Su generosa silueta tan entrañable en el papel de una abuela.
La recuerdo en sí a ella en la esencia de la pequeña cajita dorada, bella en todas sus caras y coronada por la delicada rosa.
En aquel momento, entre mis pequeñas manos se me antojaba la joya más valiosa y exquisita que podía existir.
_ ¿Qué tiene dentro?
_Ahora lo verás. _Dijo mi madre abriéndola con cuidado.
En su interior un perfume en forma de crema, con un intenso aroma a jazmín y un delicado color rosa palo, esperaba su liberación.
_¡Que bonito mamá, es tan bonito como la abuela!
Sí, era tan bonita y delicada como ella.

Este otoño la ví en una publicación de labores de punto de cruz. Al verla volví a quedar atraída por su encanto y por el interesante pasado que traía a mi memoria.
La bordé. En cada una de  sus pequeñas cruces degusté todos  los minutos que robaba a mi tiempo, quise terminarla para enmarcarla,  para admirarla integrada cuarenta años después en mi casa, en sus colores en sus formas,  en  su calor.

 Me gusta el resultado final y quería compartirlo con vosotros.
                   

Un beso.

              Marilé Cerván
  

miércoles, 26 de octubre de 2011

Pinceladas de grana y oro

Cuando abrí los ojos, me encontré en el centro del ruedo.
Inmenso en su soledad, frío y húmedo en la noche.  Sentí los ojos de miles de personas  que se clavaban en mí y en el albero que pisaban mis sandalias. Miré a derecha, a izquierda, arriba y abajo, y la plaza se presentó grande, bella y majestuosa, pero sentí miedo, mucho miedo, deseos de salir corriendo.
El edificio de estilo neomudéjar se veía maravillosamente  elegante. Sus muros de piedra en los más de ochenta  años que llevan en pie habían visto tanto de la ciudad de la Alhambra... de sus gentes, de sus historias y batallar que se me antojaba en ese  momento  escuchar los susurros y cotilleos  provenientes de ellos, en el misterioso silencio de la noche. Era bella, muy bella, pero a pesar de eso, tuve miedo y salí corriendo.
 
No fue hasta muchos meses más tarde cuando volví a la Real Maestranza de Caballería que es así como se llama la plaza de toros de Granada, para tomar una copa de vino en una de las elegantes dependencias de esta, en donde se han habilitado zonas de ocio en las que poder, entre otras cosas, dar capricho al paladar,
Junto a mi marido y unos amigos, por segunda vez en mi vida, puse los pies en la plaza de toros. Pero esta vez, no pisé el albero.
 Saboreé una copa de un grana de aroma y sabor delicioso, no se si seria un reserva o un crianza o tal vez cualquier otro, apenas  entiendo de vinos, pero si sé que en buena compañía cualquiera de ellos se puede convertir en un gran reserva.

Y para tal ocasión, se me ocurrió diseñar una blusa negra, tan negra y oscura como esa noche  cuando puse por primera vez mis pies allí.  Quise alegrarla y revestirla de nuevos colores, disipar los  recuerdos que me traían aquel lugar y para eso, que mejor que camuflarlos con  pinceladas sueltas y bien definidas. Si, así sin más la decoré. Con pintura acrílica quité mis malos recuerdos, pinté en verde húmedo intenso, unas ramitas y  maticé con oro y grana en honor a la velada.
Me gustó el resultado y esa noche bajo los destellos de luces veladas y el suave sonido de los acordes de la música,  hice desaparecer todos mis miedos, el grana y el oro ahora solo eran los colores de las ramas y frutos que adornaban mi blusa...

                         
Marilé Cerván