Cuando abrí los ojos, me encontré en el centro del ruedo.
la Real Maestranza de Caballería que es así como se llama la plaza de toros de Granada, para tomar una copa de vino en una de las elegantes dependencias de esta, en donde se han habilitado zonas de ocio en las que poder, entre otras cosas, dar capricho al paladar,
Junto a mi marido y unos amigos, por segunda vez en mi vida, puse los pies en la plaza de toros. Pero esta vez, no pisé el albero.
Saboreé una copa de un grana de aroma y sabor delicioso, no se si seria un reserva o un crianza o tal vez cualquier otro, apenas entiendo de vinos, pero si sé que en buena compañía cualquiera de ellos se puede convertir en un gran reserva.
Y para tal ocasión, se me ocurrió diseñar una blusa negra, tan negra y oscura como esa noche cuando puse por primera vez mis pies allí. Quise alegrarla y revestirla de nuevos colores, disipar los recuerdos que me traían aquel lugar y para eso, que mejor que camuflarlos con pinceladas sueltas y bien definidas. Si, así sin más la decoré. Con pintura acrílica quité mis malos recuerdos, pinté en verde húmedo intenso, unas ramitas y maticé con oro y grana en honor a la velada.
Me gustó el resultado y esa noche bajo los destellos de luces veladas y el suave sonido de los acordes de la música, hice desaparecer todos mis miedos, el grana y el oro ahora solo eran los colores de las ramas y frutos que adornaban mi blusa...
Marilé Cerván
Inmenso en su soledad, frío y húmedo en la noche. Sentí los ojos de miles de personas que se clavaban en mí y en el albero que pisaban mis sandalias. Miré a derecha, a izquierda, arriba y abajo, y la plaza se presentó grande, bella y majestuosa, pero sentí miedo, mucho miedo, deseos de salir corriendo.
El edificio de estilo neomudéjar se veía maravillosamente elegante. Sus muros de piedra en los más de ochenta años que llevan en pie habían visto tanto de la ciudad de la Alhambra... de sus gentes, de sus historias y batallar que se me antojaba en ese momento escuchar los susurros y cotilleos provenientes de ellos, en el misterioso silencio de la noche. Era bella, muy bella, pero a pesar de eso, tuve miedo y salí corriendo.
No fue hasta muchos meses más tarde cuando volví a Junto a mi marido y unos amigos, por segunda vez en mi vida, puse los pies en la plaza de toros. Pero esta vez, no pisé el albero.
Saboreé una copa de un grana de aroma y sabor delicioso, no se si seria un reserva o un crianza o tal vez cualquier otro, apenas entiendo de vinos, pero si sé que en buena compañía cualquiera de ellos se puede convertir en un gran reserva.
Y para tal ocasión, se me ocurrió diseñar una blusa negra, tan negra y oscura como esa noche cuando puse por primera vez mis pies allí. Quise alegrarla y revestirla de nuevos colores, disipar los recuerdos que me traían aquel lugar y para eso, que mejor que camuflarlos con pinceladas sueltas y bien definidas. Si, así sin más la decoré. Con pintura acrílica quité mis malos recuerdos, pinté en verde húmedo intenso, unas ramitas y maticé con oro y grana en honor a la velada.
Me gustó el resultado y esa noche bajo los destellos de luces veladas y el suave sonido de los acordes de la música, hice desaparecer todos mis miedos, el grana y el oro ahora solo eran los colores de las ramas y frutos que adornaban mi blusa...
Marilé Cerván
Me gusta mucho, refleja toda tu alma todo tu yo. Sigue escribiendo para que todos pasemos un buen rato leyendo.
ResponderEliminarMarilé maravilloso relato, haces que nos traslademos al lugar mientras nos vas contando la situación y eso es magigo.
ResponderEliminarLa blusa maravillosa.
Un beso.
Tienes la capacidad de percibir lo cotidiano con una refinada y sencilla sensibilidad, muy intensa. Gracias por presentarnos ese pequeño haz de impresiones que espigas con tanto primor del rastro que dejan tus días.
ResponderEliminarGracias a vosotros Adolfo por leer mis entradas, eso me anima a seguir haciéndolo.
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