A veces, los días se suceden de una temperatura tan gris y oscura, de unas horas tan largas y monótonas, que parecen aburrirse en la penumbra que envuelve la ciudad.
Hace una semana que entró el frío y con él las lluvias. Son las primeras lluvias de este tardío otoño, pero como de costumbre, han entrado con gran fuerza, robándonos a manos llenas las horas de sol donde hemos sido tan felices junto a la clara luz del mediterráneo.
Pero no estoy dispuesta a permitirlo, no estoy dispuesta a que mis próximas horas se llenen de gotas de lluvia en mi alma, igual que se llenan los cristales de mis ventanas.
Voy a cubrir de calidez todos los rincones de mi casa que me haga volver a vivir las templadas horas del verano.
El porche está orientado hacia el sur así que todo el sol del otoño entra por sus grandes ventanales.
Ahora si se parece al sitio ideal, en el que poder leer un libro cobijada en mi sillón preferido, arropada por la mantita retro que con tanto cariño me ha hecho la abuela y perderme en sus paginas como en un gran laberinto, escondida tras las emociones de sus personajes, palpitando mi corazón junto al de ellos, mientras lentamente y sin darme cuenta, recargo mis depósitos de la tan ansiada serotonina, para poder así hacer frente a los días como hoy, días donde la noche se hace pronto y me invita a soñar y a imaginar maravillosas historias escondidas en los rincones de Granada.
Marilé Cerván