sábado, 10 de noviembre de 2012

Ayer volví a La Alhambra

Ayer volví a La  Alhambra……
Cada vez que la visito, la veo de forma diferente. Cada vez que pongo mis ojos en ella, mis pupilas me devuelven impresiones tan distintas……

 Llovía fuertemente sobre la ciudad de Granada, en los palacios árabes apenas entraba la luz y el agua de las albercas no podía reflejar la belleza de sus muros, aunque el sonido del agua, lo inundaba todo llenando de sensualidad el momento.
 Cada una de esas gotas que caían sobre las piedras centenarias, era un regalo para los sentidos y bajo ese manto de penumbra, pude disfrutar como nunca de los colores ya perdidos de sus paredes. Pude disfrutar de los dorados, de los rojos y azules.  En mi imaginación visualicé sus tapices, escuché la música de largas veladas y me envolví de sus  mágicos aromas.

Ayer, vi La Alhambra de una forma diferente a como lo cuentan en los libros de historia, porque en todas mis miradas, percibía en propia piel, el corazón  de las personas anónimas que crearon tanta belleza.
Cada rincón estaba lleno de ellos, cada respiro estaba impregnado de su olor, olor a esfuerzo, a sangre, a lágrimas……a vidas escondidas, mutiladas  en esos muros.......

Que poco somos, pero cuanto creamos, uno a uno, todos  nosotros de forma anónima siempre haciendo historia. Que pena que los libros no recuerden cada una de las manos que han creado tan bellos tesoros.
Todos morimos y en la mayoría de los casos también muere nuestro recuerdo, dejando el privilegio de la historia solo para los que nos gobiernan.

Ayer pude ver lo que habita  La Ahambra y no son solo historias de  reyes árabes o cristianos. Sino historias de gente de a pie, que con mucho esfuerzo construyeron lo que hoy somos.
Ahora por desgracia solo nos podemos conformar con los cuentos inventados de algún escritor que quiera recrear bajo su mirada lo que percibe, al igual que yo percibí ayer,  Pero las historias verdaderas, esas, han desaparecido para siempre y nadie podrá hablar jamás de ellas.

Cuando visito cualquier monumento me gusta mirar más allá de lo que ven mis ojos y recrearme con lo que se esconde, con lo que se olvida pero que está allí latente junto a nuestra presencia. Ayer lo tuve tan cerca, que….. casi pude tocarlo con las manos.
Marilé

viernes, 5 de octubre de 2012

Huida

Al cerrar la puerta de la consulta, los colores se tiñeron de un gris oscuro. El largo pasillo, ahora vacío a mi paso, había dejado de proyectar sombras y la luz del sol,  ya no entraba por las ventanas.
Un repiqueteo de unos zapatos de tacón a paso rápido se escuchaban a mi alrededor, parecían seguirme, acosarme, uno tras otro escuchaba sus golpes en el suelo, sentí miedo y corrí, huí, quería salir de allí, camuflarme entre la gente de la calle y perderme de mi misma y de mis circunstancias, ocultarme de la noticia que llevaba en mis manos: HB Glicosilada valor 10.
¿Cuántas veces lo había visto, cuantas veces lo había sentido?....ya ni lo sé….. Catorce años de evolución en esta enfermedad y aún no puedo asumirlo.

Tras la pesada cancela de hierro, apoyé la espalda y dejé resbalar lentamente mi cuerpo, hasta quedar desparramada en el suelo, sin fuerzas. ¿Por qué el corazón se me desbocaba a la altura de la garganta, por qué el vacío interior se apoderaba  de mí?.
¿Por qué esa rabia, esta indignación  destrozándome  por dentro sin consuelo, sin esperanza?........

Deposité los análisis sobre la mesa y me sequé las lagrimas, igual que tantas otras veces, igual que siempre.
Solo tenía cuatro años, solo cuatro añitos y una dulce sonrisa. No es justo, sencillamente no es justo y aún hoy no encuentro respuestas, no encuentro solución....... porque no existe.
Marilé

sábado, 9 de junio de 2012

Guardado en mi mirada

 



Hoy, lo he tenido  sobre mis manos.
En mi palma, sus destellos dorados parecían competir en belleza con su artesanal talla: grande, aparente, sin modestia, casi mágico... así es el medallón que, a su muerte, mi abuela quiso dejar en mis manos.

A mis cinco años, las visitas a casa de los abuelos se habían convertido en todo un protocolo a seguir. Desde la indumentaria con la que nos vestía mi madre a mi hermana y a mí, siempre iguales, con diminutas  e incomodas faldas (como correspondía a la moda de los años setenta), hasta nuestro comportamiento en casa de los abuelos,  intachable, como se esperaba de dos educadas señoritas.
En primer lugar correctamente sentadas, las  piernas juntas, sin dejar a la vista nada que pudiera "herir la sensibilidad de los presentes”. Las manos delicadamente cruzadas para no rozar (ni tan siquiera) una de las numerosas piezas de porcelana que la abuela tenía expuestas a la vista de todos.
Calladitas, sin interrumpir a los mayores, así nos pasábamos el tiempo de la visita. Ante semejante panorama, yo solía entretenerme en observar cada detalle que desfilaba a  mi alrededor: la abuela, envuelta en suaves tejidos de colores alegres, generosa en su figura, de pasos lentos y movimientos delicados y graciosos.
 El abuelo, muy alto, moreno, sonriente, siempre nos miraba con complicidad mientras nos hacía bromas. Y su casa, decorada con bastantes resquicios del  ya pasado estilo Victoriano, repleta de todo tipo de detalles en donde poder posar la mirada.
Veía a mis padres inmersos en su grata conversación muy animados, sin prisas. A mi hermana que de cuándo en cuándo se le escapaba algún que otro bostezo. Me veía a mí misma, que seguía con mis bracitos cruzados, cansada de estar inmovil, así que en esos momentos era cuando interrumpía tan grata tertulia y decía: -¿Cuándo nos vamos?

La frase la dejaba caer sin mala intención, mis padres me miraban serios, entonces, el abuelo nos cogía en brazos, nos subía sobre sus hombros y por el largo pasillo de la casa, nos paseaba a las dos simulando ser una procesión, incluso imitaba el sonido de la banda de música que la acompañaba. Todos nos reíamos, la abuela se ponía en pie y animaba al abuelo a que siguiera dándonos paseos mientras sus risas agitaban su pecho y hacía brillar su enorme medallón dorado.
Entonces dejábamos de ser señoritas y nos convertíamos en niñas otra vez, nos deslizábamos sobre la espalda del abuelo, corríamos por el pasillo, volvíamos a atrapar al abuelo y a escalar a sus hombros y el medallón de la abuela seguía brillando al compás de su respiración, al compás de nuestras risas una y otra vez.


Fueron otros tiempos, de todo aquello ya no queda nada. No están las bonitas porcelanas, los numerosos tapetes de delicados bordados y puntillas a ganchillo que lucían sus muebles, no queda el largo pasillo, ni queda la casa. No quedan sus risas, su respiración ni el latido de sus corazones.
Sólo, en mis manos, queda el medallón que con tanto celo conservó la abuela entre su pecho. Al igual que antes, sigue intacto, sin acusar el paso de los años, como si el tiempo no nos separara de su pasado, como si todo siguiera igual y el presente fuera el principio.


Hoy  lo tengo en mis manos. Así lo quiso la abuela.
 En mi palma, sus destellos dorados parecen querer competir en belleza con su talla, tal vez lo hagan, pero nunca, nunca lo podrán hacer con la belleza de su historia, una historia guardada durante años en mi mirada.   

             Marilé Cerván





                                                                                                                                 

martes, 3 de abril de 2012

Un paseo por la ciudad de Córdoba



Hace tiempo que no escribo porque las obligaciones mandan, a pesar de eso, no habéis dejado de leerme y eso os lo agradezco de corazón a todos, aunque en estos momentos quiero hacer una mención especial a los que me leéis desde 
 La Patagonia  Argentina  y dejáis esos comentarios tan preciosos llenos de palabras cariñosas que tanto me gustan. Yo también os quiero.
Muchos besos.



      






   Hace unos días, regresé de Córdoba, he pasado allí una semana rodeada  de las calles de su centro histórico, perdida en su historia, respirando en cada uno de los pasos que daba, su aire impregnado de las diferentes culturas que han poblado su vida.






 Córdoba es bellísima. Para mí lo es en toda la extensión de la palabra, no solo en su estructura, en su historia o en sus gentes, es bella en el espíritu que mana de cada una de sus piedras VIVAS, con alma musulmana,  judía, cristiana. En cada una de las pasiones con las que se ha escrito su larga historia.
      Es bella en su esencia, en las notas de color que proyectan las sombras de sus años.
     Córdoba me gusta tanto, que  cuando estoy allí, al día parecen faltarle horas.
Me gusta pasear por sus calles estrechas, rozar mis dedos con los muros de su ciudad, sentir como vibran bajo mis manos.
Me gustan sus calles sin salida, sin un destino aparente, pero guardando con celo pequeñas plazoletas abiertas al publico aunque escondidas a la vista, ¡que maravillosas historias guardan tan bellas estancias!!


¿Qué vidas habrán escondido esas anónimas y viejas casas con tantos años en pie, tras sus zaguanes, en sus bellos patios erguidos como magníficos oasis en el interior de las viviendas?
 Miro las sombras que al caer la tarde el sol proyecta sobre los arcos que dan paso a las galerías en estas construcciones y se me antojan que hoy, al igual que ayer, están  llenas de misterio y emociones ocultas.



    Me gusta su aroma a azahar, el aroma a todas las flores que inundan sus balcones, sus ventanas parcialmente cubiertas con artesanales rejas de hierro forjado que tanto parecen guardar!!
   Me gusta ver las celosías  que hay tras sus ventanas escondiendo el interior y dejando paso a la imaginación de todo el que pasa, eso, me encanta!!!!!

 

 No me canso de la atmósfera de su casco antiguo y de sentirlo tan cercano como hace cientos de años lo pudieron sentir nuestros antepasados: musulmanes, judíos, cristianos, moriscos deportados de las Alpujarras, niños, jóvenes, ancianos, todos crearon a base de esfuerzo y sangre, lo que hoy somos.


  Pero curiosamente lo que más me llama la atención, es ver como este escenario tan bello hace volar  mi imaginación, creando historias apasionadas en mi mente que algún día me gustaría compartir con vosotros.

Un beso.
                        Marilé

domingo, 5 de febrero de 2012

Fany regresa a casa.

Hoy, el día ha amanecido muy claro, de una luz tan blanca y brillante que pensé que todo estaría nevado, pero no era así, al salir al exterior, todo estaba igual que siempre, igual que todos los días de este seco invierno, pero extrañamente, algo iluminaba de una forma especial la mañana, el aire se respiraba diferente y la fría brisa se colaba por todos los poros de mi piel, despertando de una forma asombrosa todos mis sentidos.
 He sonreído a la mañana, y entonces he comprendido el porqué de su belleza: Fany regresa hoy a casa.



Fany, es mi hija mayor y hace diez días tuvo que someterse a una intervención  quirúrgica de seis horas de duración. Para mí, fueron las seis horas más largas de los últimos años.
 Las pasé en la habitación del hospital, pegada a un teléfono, junto a mí familia, mientras me mordía las pocas uñas que me quedaban, esperando que alguien desde quirófano diera algún tipo de información, pero no fue hasta pasadas siete horas  cuando llamaron diciendo que la intervención había sido un éxito y que podríamos verla antes  de llevarla a reanimación.
Fue entonces cuando  pude ver a mi hija.
Apenas estaba despierta, pero ya lucia una dulce sonrisa en su tan inflamado rostro. Había deseado tanto ese  final feliz que en aquellos momentos, al igual que en las películas, las fuerzas me abandonaban y caía  redonda al suelo.
Fany ya había pasado lo peor, tenía lo que tanto quería,  sonreía y yo me sentía feliz.

Hoy, como he dicho antes, el día tiene una claridad única, por todos los ventanales  de casa  entra el sol a raudales. Todos esperamos su regreso, desde su pequeña gatita Mía, hasta nuestra preciosa ninfa, que no para de repetir su nombre con alegría.

Bienvenida a casa  Fany.

                                                Marilé Cerván

domingo, 22 de enero de 2012

Reuniéndonos en casa.

Me encanta recibir amigos y familiares en casa, poder compartir gratas horas con ellos. Tener tiempo para eso y ganas, es siempre una gran satisfacción y muchas veces, aconsejo buscarlo y sacarlo de cualquier sitio, pero, no privarnos de esos momentos, porque esos pequeños detalles, llenan nuestra vida de eternas  emociones.
Me gusta mucho cuidar esos encuentros y dedicarle a estas personas que tanto quiero mis mejores atenciones.
A veces, cuando invitamos a un amigo o familiar  a casa, por culpa de la confianza que tenemos  con esa persona, nos dejamos llevar por la pereza o la comodidad y no cuidamos su visita como realmente se merece, cuando en realidad, deberíamos tener presente que esas personas son las que más queremos y a su  vez nos quieren, así que son las que más se merecen  nuestras mejores atenciones.

Preparar un encuentro en casa con amigos, ya sea una cena, un almuerzo o un simple café, para mí, es una autentica gozada. Poder desplegar mi fantasía  y  hacerles participes de esto,  sabiendo que estará  dentro de sus gustos y  será  bien acogido, es un lujo que hoy en día por las prisas y el  estrés que vivimos,  solo en contadas ocasiones nos podemos permitir,  por ese motivo cuando se nos presente la ocasión tenemos que disfrutarla al máximo.

En primer lugar, me gusta cuidar de la habitación  en donde nos vamos a reunir. Tiene que ser lo suficientemente amplia como para dar cabida a todos. Conseguir que su atmósfera sea agradable así como su temperatura y a mí personalmente me gusta envolverme de una decoración de colores y formas suaves que no agobien.
Las viviendas hoy en día no son muy grandes, pero no por eso vamos a privarnos de encuentros de este tipo. Yo aconsejo en el caso que sea necesario,  retirar previamente de la habitación en donde nos vamos a reunir, los muebles que puedan estorbar y pasarlos a una zona contigua en donde no molesten.


La preparación de la mesa es muy importante, y por muy modesta que sea  la casa, me parece de muy buen gusto dedicar parte del tiempo a la preparación de esta. A mí me gusta que sea sencilla pero elegante, sin excesivos detalles decorativos que molesten a los comensales, pero utilizando toda nuestra fantasía en su decoración  dejando nuestro sello personal, Por  pequeña que sea nuestra economía, seguro que tenemos la imaginación suficiente como para crear la más bonita y elegante de las mesas sin gastar mucho dinero, pero armonizando con gusto los enseres que tenemos en casa. Claro que  tampoco  me parece de buen gusto preparar mesas muy sofisticadas con la idea de impresionar  a nuestros amigos, pudiendo a veces incomodar  a alguno de los invitados.

En cuanto a la iluminación, me gusta la utilización de lámparas indirectas, con luz cálida, que crean un ambiente íntimo, pero que nos permita ver perfectamente lo que comemos así como a nuestros compañeros de mesa. Prefiero evitar las luces proyectadas directamente sobre la mesa, que a veces pueden crear  reflejos desagradables.


Para la preparación del menú, lo mejor es conocer el gusto de los invitados, en este caso como estamos hablando de nuestros amigos, eso no será nada difícil. Tendremos que tener en cuenta si son o no vegetarianos, si tienen alguna alergia o dolencia que les impida tomar  algún tipo de alimento, así como el presupuesto que tenemos para gastar. Conociendo estos datos, ya solo nos queda jugar con nuestra creatividad en su preparación. Seguro que utilizando el sentido común  y nuestra imaginación, daremos con los mejores platos para compartir con  tan grata compañía.
Pensad, que la invitación que hacemos para que vengan a nuestra casa a comer, es con la idea de pasar un rato agradable, no se trata de preparar platos muy copiosos, atestarles continuamente a que prueben todo y conseguir que después de la comida se sientan tan pesados que no se puedan levantar de sus sillas. En la moderación está el éxito y esto es algo a tener en cuenta.
Otra cosa importante, es  procurar confeccionar un menú que nos permita sentarnos a la mesa a la vez que nuestros invitados, para eso una idea puede ser combinar platos fríos,  que podremos emplatar de antemano, con otros calientes que se puedan mantener  a su temperatura hasta que se sirvan. Hacer esperar a los invitados por mucha confianza que se tenga, no me parece lo más apropiado, por eso evito en lo que puedo esos largos  preparativos en la cocina cuando todos se encuentran sentados a la mesa.

Y por último, aconsejo no olvidar un detalle muy importante que por desgracia en algunas ocasiones  se olvida, este es: los temas de conversación. Hay que evitar cualquier tema que por su contenido o por su forma de tratarlo pueda incomodar o peor aún molestar a alguno de los compañeros de mesa. Tenemos que ser conscientes  que de lo que se trata al reunirnos, es de pasar un rato agradable, que cada persona tenemos puntos de vista diferentes y que ese no es el sitio ideal en donde discutirlos. Un olvido de este calibre, puede estropear en un segundo una velada preparada con mucho cariño.

Teniendo en cuenta estos básicos consejos, pienso que por muy humilde o  lujosa que sea nuestra comida, conseguiremos tener siempre el mejor de los éxitos. Nuestras familias y nuestros amigos se merecen esta atención por nuestra parte, no dejarlas solo para ocasiones protocolarias, convertirlas en algo cotidiano de nuestra vida en donde obsequiemos  a nuestros seres más cercanos con detalles tan sencillos como estos, pero que a veces, sin querer olvidamos.

                                                                 Marilé Cerván


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